El despacho de Romano en Edison 621 Norte

 


El despacho de Alex Romano está en los altos de una casa adaptada en Edison 621 Norte, frente a la iglesia de la Medalla Milagrosa, al poniente de la zona centro de Monterrey. La calle los separa apenas unos metros, no los suficientes para convertir la iglesia en paisaje. Desde la ventana del privado, la fachada entra al cuarto con sus ladrillos, su rosetón y su torre. Las campanas no se oyen: caen sobre el vidrio, lo hacen vibrar y obligan a suspender cualquier frase a medias. Cada entrada y salida de misa pasa frente a los ojos de Romano. Señoras vestidas de oscuro, hombres que se persignan con prisa, niños jalados de la mano, coches detenidos a medias, vendedores que aprovechan el movimiento de la gente. Todo queda al alcance de la mirada.

La casa fue dividida sin demasiada elegancia. La planta baja quedó separada de los altos, y al despacho se sube por una escalera estrecha que desemboca en una puerta sencilla. El recibidor es mínimo, casi una pausa antes de entrar. A la izquierda está el privado de Romano: un cuarto ordenado de unos cuatro por cuatro metros, con dos ventanas. Una da hacia Edison y la Medalla Milagrosa; la otra mira al cubo de la escalera, útil para advertir quién sube antes de que toque.

El cuarto lo preside un escritorio metálico gris, de esos que parecen hechos para resistir fábricas, oficinas públicas y hombres que golpean la mesa sin romperla. Tiene cajones pesados, tiradores fríos y una superficie sobria donde una carpeta puede parecer más grave de lo que es. En las paredes no hay diplomas, fotografías ni mapas. Solo el gris gastado de la pintura y el rastro viejo del humo de los cigarros que Romano ya no fuma. El orden del despacho dice más de él que cualquier título.

A la derecha del recibidor se abre un espacio más grande, lo que antes debió ser sala comedor. Ahí trabaja Carlos Lucio entre papeles, cajas, objetos sin dueño claro y chacharitas que han terminado formando una bodega desordenada. Es otro mundo: menos silencioso, menos rígido, más cercano a la calle.

Desde el privado de Alex se oye todo y nada. Los camiones, los pasos en la escalera, las voces de la banqueta. Y, sobre todo, las campanas de la Medalla Milagrosa, que no suenan lejos: retumban en el vidrio y atraviesan las conversaciones. Pero hacia adentro los sonidos se van reduciendo. Ahí llegan los que no quieren ser vistos entrando a una oficina elegante. Ahí Romano escucha, espera y decide qué parte del silencio vale más que una declaración.

Cruces del expediente


Este despacho se activa cuando un contador sube por la escalera con una carpeta que no sabe cómo explicar: Los folios del contador.


En este mismo cuarto, Carlos Lucio entiende que el caso no empezó con los depósitos, sino con un nombre colocado a tiempo: El nombre de Fuentes.



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