Los folios del contador

 El contador lleva tres semanas con los mismos folios encima del escritorio.

No es que los números estén mal. Ese es el problema.

Los números están perfectos. Demasiado perfectos para ser dinero limpio, porque el dinero limpio tiene fricción, demoras, pequeños errores. Tiene la torpeza de alguien que suma con prisa un martes por la tarde o el retraso de una firma que no llegó a tiempo. Estos depósitos, en cambio, entran puntuales, en cantidades que no llaman la atención por sí solas: cuarenta mil pesos aquí, sesenta y dos mil allá, repartidos entre sociedades menores que prestan servicios a la Cervecería. Transporte, envases, mantenimiento, importación de maquinaria. Todo existe. Todo tiene papel. Todo parece en orden.



Eso es lo que le quita el sueño.

No la cantidad. El ritmo.

Cada depósito llega en jueves. No todos los jueves, porque eso sería demasiado burdo. Pero cada vez que aparece uno, es jueves. Y cada vez que aparece un jueves, al día siguiente hay un viaje registrado hacia la frontera. No por Laredo, que sería la ruta natural de la empresa, sino por Eagle Pass, por Del Río, por cualquier cruce menos visible. Un representante sale, firma, regresa, entrega gastos. El expediente cierra. La contabilidad cuadra.

Solo que al contador ya no.

Al principio pensó en un error de clasificación, luego en una operación fiscal mal explicada. Después dejó de engañarse. Alguien estaba usando las cuentas vinculadas a la Cervecería como estación de paso.

El viernes pasado, antes de salir, hizo las copias. Esperó a que la oficina se fuera quedando vacía, a que las máquinas de escribir callaran una por una y a que el último auxiliar dejara de buscar pretextos para quedarse cerca del archivo. La copiadora hizo más ruido del que recordaba. Cada hoja parecía tardar demasiado. Cuando terminó, acomodó los originales donde estaban y metió las copias en una carpeta Manila. Al salir, la llevó bajo el brazo como si fueran papeles de rutina, pero sintió que todos podían ver el bulto.

Lo que no podía saber —lo que lo tenía fumando en su oficina a las once de la noche, con el ventilador apagado— era si la Cervecería lo sabía o no lo sabía. Si arriba habían autorizado esos movimientos, entonces él era un hombre que había visto algo que no debía ver. Si no los habían autorizado, entonces alguien adentro tenía suficiente acceso y suficiente sangre fría para llevar dieciocho meses invisible.

La segunda posibilidad lo asustaba más que la primera.

Por eso, tres días después, llegó a los altos de Edison 621 Norte.

La oficina de Alex Romano estaba frente a la iglesia de la Medalla Milagrosa, al poniente de la zona centro de Monterrey. Al despacho se subía por una escalera estrecha que desembocaba en una puerta sencilla. El recibidor era mínimo. A la izquierda quedaba el privado de Romano, un cuarto ordenado de unos cuatro por cuatro metros, con dos ventanas: una hacia la calle, desde donde se veían las entradas y salidas a misa; la otra hacia el cubo de la escalera, útil para saber quién subía antes de que tocara.

El contador llegó a las cinco de la tarde, cuando el calor ya no sube, pero tampoco se va. La camisa se le pegaba a la espalda. Traía el portafolio de cuero café que usaba para todo: juntas con banqueros, comidas de negocios, misas familiares. Si alguien lo había seguido, quería parecer un hombre con papeles, no un hombre con miedo.

Romano lo hizo pasar sin ceremonia.

El escritorio metálico gris presidía el cuarto con una sobriedad casi industrial. Tenía cajones pesados, tiradores fríos y una superficie limpia donde una carpeta podía parecer más grave de lo que era. En la pared no había título, fotografía ni mapa. Nada que intentara convencer al visitante de que había llegado al lugar correcto.

Romano señaló la silla frente al escritorio.

No ofreció café. No hizo conversación. Puso las manos sobre la mesa y esperó.

El contador abrió el portafolio, sacó una carpeta Manila y la dejó entre los dos. En ese momento, con las manos todavía sobre el cartón, entendió que había preparado los números, pero no las palabras. Tenía cifras subrayadas, fechas encerradas, iniciales al margen con su letra pequeña y vertical. No tenía una forma limpia de decir lo que los números significaban.



Afuera, las campanas de la Medalla Milagrosa marcaron la hora. Desde el otro cuarto llegó el golpe seco de una caja que Carlos Lucio debía estar moviendo entre sus chacharitas.

—Hay depósitos —dijo al fin el contador— que no deberían estar ahí.

Romano no anotó nada. Solo inclinó un poco la cabeza, apenas lo suficiente para indicar que escuchaba y que aquello no era todavía la parte importante.

El contador entendió.

Abrió la carpeta.

Cruces del expediente


La carpeta no termina con el contador. Al día siguiente, Carlos Lucio encontrará en esos papeles un nombre que cambia el sentido del caso: El nombre de Fuentes.

Para seguir la ruta del miedo, basta observar el gesto mínimo que lo inicia todo: un contador abre una carpeta y descubre que los números ya no lo protegen.


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