El nombre de Fuentes

 Carlos Lucio llegó al despacho al día siguiente con dos cafés de la fonda de la esquina y la costumbre de entrar sin tocar. Decía que tocar en la propia oficina era síntoma de algo, aunque nunca aclaraba de qué.

Puso un vaso frente a Romano, dejó el otro junto a la carpeta Manila y se quedó mirando los papeles el tiempo suficiente para que el silencio pareciera una pregunta.

—El contador de la Cervecería —dijo.

No preguntó cómo había llegado. No preguntó qué quería. Dijo el contador de la Cervecería como quien identifica una especie dentro de un ecosistema que conoce demasiado bien.

Romano no contestó.

Lucio se quitó el saco, lo dejó sobre el respaldo de una silla y tomó la carpeta sin pedir permiso. Tenía esa confianza con los papeles ajenos. Para él todo documento era una forma incompleta de la calle. Los números podían decir cuánto, cuándo y dónde, pero rara vez decían quién mandaba, quién obedecía y quién podía ser sacrificado cuando las cosas salieran mal.

Leyó las primeras hojas sin sentarse. Después encontró el nombre escrito en una nota doblada.

Fuentes.

Ahí sí levantó la vista.

—¿Él te mandó esto?

Romano tomó su café. No estaba caliente. En la fonda nunca lo estaba.

—Me mandó el nombre del contador.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Carlos volvió a mirar la nota. La dobló por la misma marca y la dejó sobre la carpeta. No dijo nada al principio. Afuera, Edison ya tenía el ruido de media mañana: camiones, motores, voces que subían desde la banqueta. Entonces la campana de la Medalla Milagrosa retumbó frente a ellos, demasiado cerca para ser fondo. El vidrio de la ventana vibró apenas. En el privado de Romano, la ciudad no sonaba desde otro cuarto: entraba sin pedir permiso.

—Fuentes no recomienda gente —dijo Lucio al fin.

Romano esperó.

—Fuentes coloca piezas.

Romano no respondió.

Lucio caminó hasta la ventana. Desde ahí no se veía la iglesia como quien mira un edificio más: se tenía encima. Del otro lado de Edison, las personas entraban y salían de misa.



—El contador está cerca de ellos —dijo Lucio—, pero no es de ellos.

—¿De la Cervecería?

—De los que deciden en la Cervecería.

Regresó al escritorio y tocó la carpeta con dos dedos. No fue un golpe. Fue apenas una señal, como si indicara el lugar exacto donde el caso empezaba a cambiar de forma.

—Eso es otra cosa.

Romano lo miró.

—Explícate.

Lucio sonrió apenas.

—Maneja números delicados. Revisa sociedades, transportes, cuentas que no le darían a cualquier empleado. Pero si mañana lo encuentran con un tiro o lo acusan de robar, nadie en la mesa grande va a decir que era de los suyos. Van a decir que era el contador, un hombre de confianza, sí, pero no familia, no socio, no apellido. La distancia ya está calculada.

Romano abrió uno de los folios. No necesitaba leerlo otra vez. Ya sabía dónde estaban los jueves, las cantidades, los viajes. Dejó pasar un momento con la vista fija en la hoja. Luego la soltó.

Lo que todavía no sabía era por qué Fuentes había querido que él los viera.

—El contador cree que vino a contratarme —dijo.

—Y tú crees que aceptaste un caso.

—¿No?

Lucio se sentó por fin. Tomó su café, hizo una mueca, y lo dejó intacto.

—No sé. Pero si Fuentes te puso el nombre antes de que el contador tocara esa puerta, alguien sabía que ese hombre iba a romperse.

Romano cerró la carpeta, pero dejó la mano encima.

—O lo estaban vigilando —dijo.

Lucio asintió.

—O lo empujaron.

El caso ya no estaba en los depósitos.

—Entonces —dijo Romano— no empezamos con los números.

Lucio negó despacio.

—Empezamos con Fuentes.

Cruces del expediente


La sospecha sobre Fuentes no nace de la nada. Vuelve al objeto que llegó primero al despacho: Los folios del contador.


Si Fuentes colocó a Romano en el caso, la investigación ya no puede limitarse a seguir depósitos. La consecuencia de esa sospecha aparece en La pregunta correcta.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

Los folios del contador

El despacho de Romano en Edison 621 Norte