La pregunta correcta
Romano dejó pasar dos días antes de tocar las oficinas de la Cervecería.
No fue prudencia. Fue método.
Primero dejó que Carlos hiciera llamadas desde teléfonos ajenos: una miscelánea en la colonia Independencia, el despacho de un abogado que todavía le debía un favor, una caseta pública donde el aparato tragaba monedas de veinte centavos con la misma rapidez con que devolvía silencios. Ninguna llamada llevaba el nombre de Romano. Ninguna repetía la misma pregunta.
Las empresas de la frontera existían. Eso fue lo primero que confirmaron. Tenían domicilio, papeles, agentes registrados, teléfonos que contestaban a media mañana con una voz de secretaria o de hombre cansado. Una en Laredo. Otra en Eagle Pass. Otra más en Del Río. En los folios todo cerraba: fechas, montos, viajes, comprobantes. La contabilidad tenía esa belleza falsa de las cosas preparadas para ser vistas.
Carlos puso tres hojas sobre el escritorio metálico de Romano.
—Existen —dijo.
Romano no levantó la vista.
—Eso no significa nada.
—Significa que alguien hizo bien su trabajo.
Entonces sí lo miró.
Ese era el punto. Cuando una mentira tiene tantos documentos, deja de comportarse como mentira y empieza a comportarse como sistema. Romano había aprendido eso en lugares menos elegantes: en vestidores de arena, en comandancias, en cantinas donde un hombre juraba no conocer a otro mientras el otro pagaba su cuenta.
La verdad rara vez venía sin errores. Las coartadas, en cambio, a veces venían demasiado limpias.
Carlos encendió un cigarro y se acercó a la ventana. La Medalla Milagrosa estaba frente a ellos, quieta, blanca bajo el sol de la tarde. En Edison pasaron dos camiones seguidos y después un vendedor de fruta empujó su carro por la calle.
—Si seguimos el dinero —dijo Carlos— nos van a llevar justo a donde quieren.
Romano tomó uno de los folios. Jueves. Depósito. Viernes. Viaje. Cruce alterno. Firma. Regreso. Gasto comprobado. Lo mismo, con variaciones mínimas, durante dieciocho meses.
—El contador cree que el caso es de dónde viene.
—Porque es contador.
—No.
Carlos volteó.
Romano dobló la hoja y la dejó sobre el escritorio.
—El caso es si la Cervecería lo sabe.
Carlos no respondió de inmediato. Miró la calle, luego la carpeta, luego a Romano.
Si la Cervecería no sabía, entonces alguien adentro llevaba año y medio usando sus cuentas, sus razones sociales, sus viajes y sus sellos sin permiso. Alguien con acceso suficiente para moverse entre departamentos sin dejar huellas visibles.
Si la Cervecería sabía, entonces el contador no había descubierto nada. Le habían permitido descubrirlo. Y Fuentes no había hecho una recomendación. Había dado una instrucción.
Carlos apagó el cigarro a medio fumar.
—Hay gente que sabe —dijo— y gente que no.
Romano asintió.
—Y la línea no está donde dice el organigrama.
En algún punto de la casa, la puerta crujió. Alguien subía o bajaba por la escalera. Los dos se quedaron quietos. No por miedo. Por costumbre.
Los pasos siguieron de largo.
Carlos volvió al escritorio.
—Entonces no buscamos al dueño del dinero.
—Todavía no.
—Buscamos quién dentro de la Cervecería puede moverlo sin que los demás entiendan qué están firmando.
Romano guardó los folios en la carpeta Manila. Después sacó del cajón la nota con el nombre de Fuentes y la puso encima de todo.
—Y buscamos por qué quería que nosotros lo viéramos.
La campana de la Medalla Milagrosa retumbó tan cerca que el vidrio vibró. Ninguno de los dos se movió.
Cuando el sonido terminó, el despacho quedó más silencioso que antes.
—La pregunta correcta —dijo Carlos.
Romano cerró la carpeta.
—Siempre llega tarde.
Cruces del expediente
La pregunta nace de una sospecha anterior: Fuentes no solo acercó un cliente, colocó a Romano dentro del caso. Esa línea puede seguirse en El nombre de Fuentes.
Para entender por qué el orden administrativo de la Cervecería resulta tan peligroso, conviene mirar el espacio donde todo parece trámite: Las oficinas centrales de la Cervecería.

Comentarios
Publicar un comentario